Fabulas libertinas

Fabulas libertinas

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El lindo jovencito

Vio el castigo venir tras el delito,

Pues por más que su espíritu buscaba,

El modo de salvarse no encontraba.

Al cabo se le vino a la cabeza

Atarse… ¡duro trance el que me obliga!

Atarse… Yo no sé cómo lo diga

Para decirlo con delicadeza.

Habréis oído decir, la cosa es llana,

Que allá, en tiempos mejores,

Había en el cuerpo humano una ventana,

Que permitía mirar sus interiores,

Cosa útil, en verdad, a los doctores.

Pero, este don de los humanos seres,

No era satisfactorio a las mujeres,

Que no podían al cabo ocultar nada,

Siendo vendidas a cualquier mirada.

La natura, la pródiga natura,

Queriendo de sus hijos ser querida,

Dio dos cintas de idéntica medida

Para que cerrasen la apertura.

La mujer se apretó como es costumbre,

Y le costó una grande pesadumbre;

El hombre, mal desempeñó su encargo,

Estando en sus asuntos siempre absorto;

Y resultó que el lazo quedó corto

A la mujer, y al hombre quedó largo.


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