Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Buen hombre, campechano,
De rostro rubicundo y cuerpo sano,
Para con las mujeres retrechero.
¡Qué es lo que veo! exclama.
¿Cómo te hallas en esa desventura?
¿Es del convento acaso alguna dama
Con la que has consumado una locura?
¿Era amable, graciosa… te gustaba?
Pues cuanto más te miro, doncel mío,
De creer mi mente acaba
Que eres en el amor mozo de brío,
Capaz de arremeter con una toca.
—¡Dios! dice el otro, ¡cuánto se equivoca!
Mis tristes sinsabores
No vienen, ¡ay de mí! de lo que piensa,
Sino de haber huido sus amores,
Que nunca cometiera tal ofensa
Aunque me diesen un quintal de oro,
Y hoy el ser bueno lloro».
Riéndose, el molinero lo desata,
Y se hace atar con el mayor sosiego,
Mientras de tonto y tímido lo trata.
«Toma al instante las de Villadiego,
Le dice, que ya he visto
Que no eres mozo para el caso listo.
Yo tengo, amigo, lo que a ti te falta,
Y si la cuerda a lo mejor no salta,