Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Sean jóvenes o no, bien o mal hechas,
He de dejar a todas satisfechas».
No esperó el joven nuevos argumentos,
Lo dejó cara al árbol maniatado,
Y se alejó en cortísimos momentos,
Pues el cuero monjil había asomado
Por bajo las cocinas,
Llevando cual pendones
Grandes escobas, largos escobones,
Y finas y flexibles disciplinas.
Al momento rodean al molinero,
Pero él exclama pronto, dolorido
El lomo ya de aquel primer zurrido:
«Calma, señoras, calma sólo quiero
Para poder probaros vuestro engaño;
Yo no soy el de ogaño,
El que no podía ver a las mujeres;
Yo sé muy bien de un hombre los deberes,
Y nunca una mujer me ha dado quejas,
Y si miento, cortadme las orejas.
Si para cierto juego queréis algo,
Os juro que en él hago maravillas;
Pero, dejad tranquilas mis costillas,
Pues para recibir palos, no valgo.
—¿Qué dice este avestruz? clama una monja;
¡Qué! ¿No eres tú el autor de la criatura?…