Fabulas libertinas
Fabulas libertinas No sabe si delira
O si es verdad lo que abrasado mira.
Callar habría querido
Y no decir al rey lo que pensaba;
Pero el silencio, al fin, lo delataba,
Y lo más acertado,
Era el exagerar, por de contado.
Dio rienda suelta a su emoción sincera,
Y al soberano habló de esta manera:
«¡Ay! qué mano, qué pie, qué hombro, qué codo,
Qué seno, qué cadera,
Qué garganta, qué muslos… ¡ay! ¡qué todo!
¡Oh! sois, mi rey Candelio,
El hombre más feliz, a fe de Celio».
De esta enumeración tan halagüeña,
La reina no oyó nada,
Y de oírla se tendría por ultrajada,
Que entonces la mujer era zahareña.
Háse cambiado mucho su manía,
Y períodos tan dulces y sentidos,
A las damas del día
No desgarran, en suma, los oídos.
Celio, entre tanto, ansioso suspiraba
Y de ver y mirar no se cansaba,
Pues todo en aquel cuerpo era precioso.
El soberano, un tanto cuidadoso,