Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Vergüenza, rabia, enfado,
Todo de su rencor acrecia el fuego,
Dicen que amor también entró en Juego;
¡Qué mujer ante amor no se ha postrado!
Celio era lindo mozo, fino, amable;
Tan sólo odiaba al que la había vendido,
Que, al cabo, era marido,
Y en estos, no hay pecado perdonable.
Mas, ¿para qué alargar este proemio?
Celio, de su carifío tuvo el premio,
Y su amoroso poema
Puso en la sien del rey una diadema
Que muy pocos desean,
Y muchos, sin embargo, enseñorean.
De su tontuna, al cabo, era el castigo;
Pero, el amante tierno,
Y la amiga cruel de aquel amigo,
Despacharon al rey para el Averno.
Un brebaje lo echó a la negra orilla,
Mientras Celio admiraba su costilla,
Pues fuese amor, o celos, o despecho,
En breve de la reina el gran encono,
Lo puso sobre el trono,
Y lo metió en su lecho.
No esperaba alargaríne en esta historia,
Ya por demás sabida,
Mas refrescar conviene la memoria,