Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Y a otro cuento me apronto de seguida.
Roma en esta ocasión será la escena;
No la Roma de antaño, triste y fría,
Glacial, contraria a la galantería,
De mujeres severas toda llena,
Mas la moderna Roma
En que el placer por cada calle asoma,
Con pecho tierno y deslazado traje,
Sin tibiezas, mi amaños.
¡Ay! quién tuviese veinte o treinta años,
Sería cosa de hacer ese viaje!
Existió pues en Roma un abogado,
Que cátedra tenía,
Sujeto tan guasón como taimado,
Que en todo se metía,
Y era hablar de los otros su alegría.
Sucedió que el legista,
Que tenía de escolares larga lista,
Tuvo un francés, a quien, por sus ardores
Y los hondos suspiros de su pecho,
Consideró más apto a los amores
Que a un curso de derecho.
Viéndolo un día turbado y taciturno:
«Amigo, díjole, perdéis el turno,
Pues a juzgar por vuestra catadura,
Os acostáis al son de la retreta.
¿Es posible?