Fabulas libertinas
Fabulas libertinas ¡Un francés sin aventura,
Habiendo en la ciudad tanta coqueta!».
El otro dijo:
«No conozco a Roma,
Y exceptuando a la mujer que fía
La imagen del placer, por lo que toma,
No halló aquí pasto a la galantería.
Parece cada casa un monasterio,
Rejas, puertas, cerrojos, la portera,
En la sala el marido grave y serio,
Un Argos furibundo en la escalera,
¿Cómo he de penetrar tanto misterio?
Coger la luna más posible fuera.
—¡Coger la luna!… dijo el abogado,
Sois para nuestro honor muy delicado.
La gente como vos, me maravilla.
¿Creéis imposible, pues, las aventuras?
Sabed, amigo mío, que en nuestra villa
Abundan las criaturas
Que conocen de amor las travesuras,
Que saben del amor todo el retablo,
Y que aunque entre cien Argos estuvieren,
Son capaces, si quieren,
De ponerle los cuernos al diablo.
No es la materia aquí tan inaudita;
Dejad ver que de amor estáis privado,
Id a la iglesia, y con afán y agrado,