Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Pues la bella dejó que suspiraran,
Trovasen y cantaran,
Sin emoción alguna.
Tenía amor domicilio establecido
En casa de este juez, cuando el Estado,
Por asunto muy serio y delicado,
Con nuestro santo padre mantenido,
Pensó en mandar a Roma una embajada;
Y como Juan tenía lengua afamada,
Y era rico, le dieron el encargo
De partir con activa diligencia.
No fue sin resistencia
Que aceptó Juan un trance tan amargo,
Que era el asunto, asunto del demonio,
Por demás embrollado, y no sabía
El tiempo que su ausencia duraría,
Y si sería fatal al matrimonio
El honor que el Estado le infería.
Larga embajada y largas excursiones,
Al traste dan con la mujer más fiera,
Y por estas razones,
Juan a su esposa habló de esta manera:
«Nos separan, Florinda, sed constante
Al que sólo a vos quiere, a vuestro amante.
Juradlo, por mi bien, que mis anhelos
Pueden tener razón de tener celos.
¿Qué viene a buscar en esta casa,