Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Que a Florinda prohibía.
Humilde empero como una borrega,
La dama prometió ser sorda y ciega,
Poner cara de palo
Al amor, al galán y aun al regalo,
Y que, por muy seguro se lo daba,
La encontraría, al volver, cual la dejaba.
Tan lue o partió a Roma su marido,
Al campo fue su esposa,
Y la cohorte amorosa,
Yéndola a ver miró su afán cumplido.
Aquella insulsa turba la estorbaba,
La cansaba, la hastiaba y la adormía
Cuando el ardor de su pasión contaba;
Y tan sólo uno había
Que la gustase; joven de buen porte,
En la gracia y belleza soberano,
Mas cuyo amor insano
No pagó de Don Juan la fiel consorte.
Atís era la gracia del galante,
Y su carrera, caballero andante.
No miró a los suspiros, ni aun al oro,
Por lograr el objeto de su lloro,
Y pluguiera a los cielos
Que sólo suspirase en sus anhelos,
Pues suspirar es fuente inagotable;
Disipó su dinero en un momento,