Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Y a lo mejor del cuento,
Se vio, sin lograr nada, miserable.
Pensó que lo mejor era ocultarse,
Y a un sitio solitario retirarse.
Iba pensando en su dolor esquivo,
Cuando halló un hombre que con saña fiera,
Una sierpe buscaba en la junquera,
Y buen Atís le preguntó el motivo.
«Quiero matarla, dijo el aldeano.
—¡Matarla! dijo Atís.
Pues ¿por ventura,
No es también del Creador una criatura?
Deja que viva en paz, déjala, hermano!».
Bueno es saber que el joven no tenía
Ninguna antipatía,
Como tiene la gente,
Por los reptiles y sus pequeñuelos,
Pues que contaba ya entre sus abuelos,
Cadmo, que en su vejez, se hizo serpiente[7].
Renunció a sus designios el labriego,
Y la culebra huyó, mientras el mozo
Llegaba a un sitio lleno de sosiego,
En el que se instaló con alborozo.
Profundo era el silencio, que turbaba
Rara vez, algún ave que cantaba;
Igual era la dicha y la miseria
En tanta soledad, en tanta calma;