Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Empero, no encontró el doncel materia
Para endulzar su alma,
Pues amor le siguió, y aquella Hesperia
Fue de su sinsabor nuevo incremento,
Viéndose solo, allí, con su tormento.
«Volvamos, dijo al cabo, pues me mata
El no estar a su lado, y es mí suerte.
Más vale verte ingrata,
Adorada Florinda, que no verte.
Adiós, bosques serenos, frescas flores,
Arroyuelos y pájaros cantores,
Forzoso me es partir, pues que no es vida,
Lejos vivir de la mujer querida».
Volvía pues el esclavo a los tan duros
Trances del cautiverio que perdiera,
Cuando estando ya cerca de los muros
Que un hada construyera[8],
A la risueña hora
En que parte la aurora,
Vio una niña de rostro peregrino
Que del Micio salía[9],
Y parándose en medio del camino,
Con acento piadoso le decía:
«Quiero que seas feliz, Atís gracioso,
Y lo puedo, pues soy Manto, la hada;
Bien conoces un nombre tan famoso
Que tomó esa ciudad, Mantua llamada,