Fabulas libertinas
Fabulas libertinas En fin, al poco rato,
Se habló del perro y de cerrar el trato.
Un beso fue de la pulsera el broche
Y al fin, llegó la noche.
Tan luego en su poder miró a la linda
Y deseada Florinda,
Atís tomó su forma primitiva
Y acabó por vencer la dama esquiva;
Era esto más honroso
Para el señor embajador, su esposo.
Amándose siguieron de igual modo,
Y toda la ciudad lo supo todo,
Que estando el alma de delicia llena
No es posible ocultar en la penumbra
De la felicidad la luz serena,
La más fulgente que la vida alumbra.
Cinco meses después, Don Juan asoma,
De regreso por Roma.
Las narices por Mantua, muy cargado
De indulgencias, y sabe de contado,
Y por más de un vecino,
Lo bien que lo ha servido el peregrino.
Pero, ningún criado
Puede contarle bien lo que ha pasado.
Pregunta a la nodriza, a las doncellas,
De mortal ansiedad todo repleto,
Pero fingen con tacto todas ellas,