Jettatore
Jettatore DOÑA CAMILA.— Aquí, no digamos. Yo cada día más mortificada con mis dolores de cabeza que no me dejan ni a sol ni a sombra; Lucía, pálida y triste, que de solo verla da pena; Elvira ¿para qué hablar?, llorando en su cuarto desde que amanece hasta que anochece; el desgraciado Benito, en una pocilga de conventillo con esa fiebre cerebral que lo ha tenido entre la vida y la muerte; a ti mismo se te ha perdido plata del bolsillo… (Don Juan intenta hablar), que es lo que menos importa, pero que al fin es algo que nunca te había sucedido… y hasta la infeliz cocinera hace ocho días que no viene porque un dolor de muelas la tiene medio loca…
DON JUAN.— ¡Basta, mujer, basta! ¡Si de cualquier zoncera haces un mundo! ¡Vaya una letanía de desgracias imaginarias! En esa forma ¡ya lo creo!, somos la gente más infeliz de la tierra…
DOÑA CAMILA.— Vamos a ver, Juan, ¿cuántos días hace que no ves a Elvira?
DON JUAN.— Es lo único que me preocupa. Comprendo que la pobre sufre, pero ¡bien sabes que no es por culpa mía! ¡Si no fuera por ese imbécil!
DOÑA CAMILA.— ¡Si ya sé que no es por culpa tuya! ¡Demasiado que lo sé! Y eso es lo que más me desespera, Juan, porque estoy convencida de que nada hemos hecho para merecer lo que nos sucede…
DON JUAN.— ¡Pero no exageres, mujer! ¡No es para tanto!