El diario de Tita
El diario de Tita Esta tarde, mientras amasaba la masa para las tortillas, Pedro pasó cerca de la puerta. No se detuvo, pero antes de desaparecer me susurró apenas:
—Te amo.
Mi corazón saltó, mi cuerpo entero se estremeció. Pero no pude responder. Mamá Elena estaba cerca, con su mirada como un cuchillo afilado.
A veces creo que ella no quiere solo que obedezca. Quiere que deje de sentir.
Hoy vi la crueldad de mi madre en su forma más pura.
Rosaura cayó enferma después de la boda. Está pálida, con fiebre y sin fuerzas para levantarse. Y su leche… su leche no baja. El pobre Roberto llora sin consuelo.
Traté de ayudarlo, pero Mamá Elena me apartó.
—No te acerques demasiado —dijo con frialdad—. No quiero problemas.
¿Problemas? ¿Cómo puede llamar problema a un niño hambriento? Pero yo no podía dejarlo así.
Esa noche, cuando nadie veía, lo sostuve en mis brazos. Y entonces sucedió lo impensable: cuando lo acerqué a mi pecho, Roberto dejó de llorar. Se pegó a mi piel y comenzó a succionar como si yo fuera su madre. Y lo era, en cierto modo.
El destino me había quitado a Pedro, pero me había dado otra razón para amar.
