El arco iris
El arco iris Y, cada vez que volvía a casa, entraba derecho, expectante, como un hombre que se dirige a una fuente de satisfacción profunda y desconocida. A la hora de cenar, asomaba por la puerta y se detenía un instante en el umbral para ver si Lydia estaba en la cocina. La veía poniendo los platos en la mesa de madera, blanca de tanto haberse fregado. Lydia tenía los brazos esbeltos, el cuerpo esbelto, y llevaba una falda hasta los pies. Tenía la cabeza bien modelada, y el pelo oscuro, recogido con una cinta. En cierto modo era en aquella cabeza, intensa y bien modelada, donde para Brangwen se revelaba su mujer. Cuando la veía moverse, tan tapada, con su falda larga y su pequeño delantal de seda, el pelo negro y suave separado por una raya al centro, la cabeza de Lydia se revelaba para él en toda su belleza intrínseca y sutil, y comprendía que aquélla era su mujer, conocía su esencia, y podía poseerla. Así parecía vivir unido a Lydia, unido a lo desconocido, lo incontable e incalculable.
Conscientemente no se fijaban mucho el uno en el otro.
–Hoy llego temprano –decía él.
–Sí –contestaba ella.