El arco iris

El arco iris

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Brangwen saludaba a los perros, o a la niña, si estaba por allí. La pequeña Anna jugaba por la granja y a todas horas venía corriendo para contarle algo a su madre, agarrarse a sus faldas, con la intención de hacerse notar, tal vez buscando una caricia, y luego se olvidaba y desaparecía otra vez.

En estos momentos, mientras hablaba con la niña, o con el perro entre sus rodillas, Brangwen se fijaba en su mujer, en el corpiño ceñido y oscuro y en el ligero pañuelo de encaje anudado en el pecho que le cubría los hombros, cuando Lydia se ponía de puntillas para coger algo del aparador, en un rincón. Con la intensidad de una puñalada sentía Brangwen que ella le pertenecía y él a ella. Se daba cuenta de que vivía a través de ella. ¿Le pertenecía él a ella? ¿Estaba ella con él para siempre? O ¿podía marcharse? En realidad ella no era suya, ni su matrimonio era real. Lydia podía marcharse, Brangwen no se veía como dueño, marido o padre de sus hijos. Lydia era de otro lugar. Podía desaparecer en cualquier momento. Y Brangwen se sentía constantemente arrastrado hacia ella, iba tras ella, presa de un deseo cada vez más violento, cada vez más insatisfecho. Una fuerza lo impulsaba siempre a volver a casa, con independencia de adonde quisieran llevarlo sus pasos, siempre hacia Lydia, aunque nunca lograba alcanzarla del todo, nunca lograba encontrarse plenamente satisfecho, nunca se sentía en paz, porque ella podía marcharse.


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