El arco iris

El arco iris

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Por las noches estaba contento. Cuando había terminado sus quehaceres, entraba en casa, se lavaba y, después de que la niña se hubiera acostado, podía sentarse al lado del fuego con su cerveza y su pipa larga y blanca entre los dedos, consciente de Lydia, sentada enfrente, que bordaba o hablaba con él, y entonces Brangwen se sentía seguro de su mujer, hasta la mañana siguiente. Lydia era curiosamente independiente, y hablaba poco. De vez en cuando levantaba la cabeza, y en sus ojos grises brillaba aquella luz extraña que nada tenía que ver con él ni con aquel lugar, y le contaba algo de su vida. En esos momentos parecía que regresaba a su pasado, generalmente a la infancia o a la adolescencia, al lado de su padre. Muy rara vez hablaba de su primer marido, pero a veces, con los ojos muy brillantes, volvía a su país y le hablaba a Brangwen de aquellos tiempos tumultuosos, del viaje a París con su padre, le contaba las atrocidades que cometieron los campesinos cuando una oleada de autodestrucción y fervor religioso arrasó el país.

Levantaba la cabeza y decía:





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