El arco iris

El arco iris

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Brangwen no lo entendía. Se imaginaba un vagón de ganado lleno de chicas desnudas que iban de ninguna parte a ninguna parte, y a Lydia riendo al ver cómo su padre contraía enormes deudas y decía: «Ya lo sé, ya lo sé, ya lo sé», y a los judíos corriendo por las calles, vociferando en yidish: «No hagas eso, no hagas eso, no hagas eso», y degollados por campesinos enloquecidos –a los que su mujer llamaba «ganado»–, mientras Lydia lo observaba todo con interés, incluso divertida: a los tutores y las institutrices, y París, y un convento. Eran demasiadas cosas para él. Y ahí estaba ella, contándole estas historias, no a él, sino al vacío, arrogándose una curiosa superioridad sobre su marido, creando una distancia entre ellos, un ser extraño, de otro lugar y ajeno a la vida de Brangwen, que hablaba sin ton ni son, se reía de él cuando se mostraba impresionado o atónito, sin censurar nada, lo sumía en la confusión y convertía el mundo entero en un caos, completamente desprovisto de orden o estabilidad. Después, cuando se iban a la cama, él sabía que no tenía nada que hacer con ella. Lydia había regresado a su niñez, era una campesina, una sierva, una criada, una amante, una amada, una sombra, una nada. Tendido en la cama y mudo de asombro, Brangwen contemplaba el dormitorio que tan bien conocía, preguntándose si de verdad estaban ahí la ventana, la cómoda con sus cajones, o si todo era una simple fantasía. Y poco a poco fue acumulando una violenta ira contra Lydia. Pero era tan grande su asombro, y tanta la distancia que aún los separaba, y ella un objeto tan sorprendente para él, tan cargado de misterio, que no tomó represalias contra ella. Se limitó a quedarse quieto, con los ojos muy abiertos por la ira, callado, sin comprender, aunque sin cejar en su hostilidad.


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