El arco iris

El arco iris

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Y así continuó, iracundo y alejado de Lydia, sin cambios aparentes en su actitud, pero animado en lo más hondo por una poderosa fuerza antagónica contra su mujer. Con el tiempo, Lydia tomó conciencia de la situación, y la sacaba de quicio ver que Brangwen era una fuerza independiente. Se instaló en una suerte de reclusión sombría, en una curiosa comunión con fuerzas misteriosas, en una suerte de trance místico y oscuro que estuvo a punto de enloquecer a Brangwen y a la niña. Él pasaba días enteros en tensión, enfrentado a su mujer, resistiéndose, tenso y con ganas de destruirla tal como era. Y de repente, sin que nada lo explicara, el vínculo entre ellos se restablecía. Brangwen lo notaba mientras trabajaba en los campos. La tensión, el nudo, estallaban, y la vertiginosa corriente fluía con tremendo y majestuoso ímpetu, al extremo de que se creía capaz de partir los árboles, cuando pasaba a su lado, y de crear el mundo de nuevo.

Cuando llegaba a casa, ninguno de ellos hacía señal alguna. Él esperaba y esperaba hasta que ella quisiera acercarse. Y, en la espera, sus extremidades se le antojaban fuertes y espléndidas, sus manos le parecían siervos apasionados, se sentía importante, dotado de un poder formidable, rebosante de vida y de sangre urgente y poderosa.


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