El arco iris
El arco iris Seguro que ella terminaba acercándose a él. Entonces él ardía de deseo y se perdía. Se miraban, con una risa profunda en las profundidades de los ojos, y él se disponía a tomarla de nuevo, por completo, loco por deleitarse en las inagotables riquezas de aquella mujer, por enterrarse en sus profundidades y emprender una exploración inagotable, y Lydia se deleitaba de cómo se deleitaba él en ella y, arrojando a un lado todos sus secretos, se zambullía en lo que también era un secreto para ella, temblando de temor, en una agonía de placer sin límites.
¿Qué más daba quiénes fueran, si se conocían o no el uno al otro?
El momento se esfumaba una vez más, y entre ellos se interponían la ruptura, la rabia, el sufrimiento y el desgarro para ella, y el destierro, el ímprobo esfuerzo en el molino de los esclavos para él. Sin embargo, daba lo mismo. Habían disfrutado de su momento, las campanas volverían a repicar para anunciarlo, y estaban preparados para cuando regresara, preparados para reanudar la partida en el punto en que la habían dejado, en el filo de la oscuridad exterior, cuando los secretos que guarda la mujer son la presa a la que el hombre se empeña en dar caza, cuando los secretos de la mujer son la aventura del hombre, y ambos se entregan a la aventura.