El arco iris
El arco iris «No me gusta que hagas eso, mamá», decía. O: «No me gusta que digas eso». Anna era un problema enorme para Brangwen y para todos los que vivían en la granja Marsh. Por lo general, sin embargo, la niña estaba activa, jugando tranquilamente por la granja, y solo de vez en cuando aparecía por casa para asegurarse de que su madre seguía ahí. Nunca parecía feliz, pero tenía una inteligencia aguda y ágil, era introvertida, variable y estaba llena de imaginación. Tilly decía que Anna estaba embrujada, pero esto tenía poca importancia, mientras la niña no llorase. Había en el llanto de Anna algo desgarrador, y su angustia infantil parecía profunda y eterna, como si abarcara todas las edades.
Sus compañeros de juegos eran los animales de la granja: hablaba con ellos, les contaba los cuentos que su madre le contaba a ella, los aconsejaba y los corregía.
Brangwen la encontró un día en la cancela que llevaba a los prados y al estanque de los patos, asomada entre los barrotes y gritando a los majestuosos gansos blancos, que formaban una curva, posados en el suelo:
–No podéis chillar a la gente cuando quiere entrar. Eso no se hace.