El arco iris
El arco iris Las aves grandes y bamboleantes observaron la carita enardecida y el vellón de pelo suave que asomaba entre los barrotes, y estiraron el cuello antes de marcharse con su graznido quisquilloso y gutural, balanceando como barcos el cuerpo hermoso y blanco, en fila india, al otro lado de la verja.
–Sois malos, sois malos –gritó Anna, con lágrimas de consternación y desconcierto, dando un pisotón con su zapatilla.
–¿Por qué, qué han hecho? –preguntó Brangwen.
–No me dejan entrar –contestó, volviendo la carita alterada.
–Sí que te dejan. Puedes entrar cuando quieras –dijo, abriendo la cancela.
Anna parecía indecisa, y miró al grupo de gansos blanco-azulados, monumentales bajo el cielo frío y gris.
–Pasa –dijo Brangwen.
La niña dio unos pasos con valentía, pero se sobresaltó ostensiblemente cuando los gansos lanzaron su graznido burlón. Se quedó perpleja. Los gansos se alejaron en fila, con la cabeza alta bajo el cielo bajo y gris.
–No te conocen –dijo Brangwen–. Tendrías que decirles cómo te llamas.