El arco iris
El arco iris Seguía siendo, para Brangwen, inconmensurablemente bella. Seguía siendo apasionada y tenía un carácter fogoso. Pero la llama no era fuerte ni constante. Aunque le brillaban los ojos y se le iluminaba la expresión para su marido, parecía una flor abierta en la sombra, que no soporta la exposición a plena luz. Quería mucho a su hijo, pero también en este sentimiento había cierta penumbra, una leve ausencia, un leve velo de sombra incluso en su amor materno. Cuando Brangwen la veía amamantando al recién nacido, feliz, absorta, un dolor le recorría todo el cuerpo como una llama tenue al comprender que tenía que dominarse, que no podía acercarse a ella. Quería recuperar el intenso y mortal intercambio de amor y pasión que habían vivido en sus comienzos, una y otra vez, cuando su unión alcanzó una intensidad máxima. Ésta era ahora la experiencia más importante para Brangwen, y la deseaba, siempre, con un anhelo exento de remordimientos.
Lydia volvió a acercarse, con esa manera de ofrecerle la boca que a él al principio casi le había llevado a enloquecer de pasión subyugadora. Volvió a acercarse, y él, con el corazón delirante de placer, la aceptó. Y todo volvió a ser casi como antes.
Tal vez fuera exactamente igual que antes. En todo caso, permitió a Brangwen conocer la plenitud, y en él arraigó un conocimiento eterno.