El arco iris
El arco iris Sin embargo, todo terminó antes de que él lo deseara. Ella estaba agotada, no podía recibir nada más, mientras que él aún no se había saciado y quería continuar. Pero no podía ser.
Así, Brangwen tuvo que aprender la amarga lección, serenarse y conformarse con menos de lo que deseaba. Porque Lydia era para Brangwen la mujer, con mayúsculas, mientras que todas las demás mujeres eran sus sombras. Lydia le había colmado de satisfacción. Y él quería que todo continuara. Pero no podía ser. Aunque rabiaba y en el ardor y la amargura de su moderación llegaba a odiarla en lo más hondo del alma, porque ella no lo deseaba, a pesar de sus arranques de ira, de que bebía y hacía escenas desagradables, era consciente de la inutilidad de su rebeldía. No era, tuvo que aprenderlo, que Lydia no lo deseara lo suficiente, tanto como él exigía que lo deseara. Era que no podía. Lydia solo podía desearlo a su manera y en la medida de sus fuerzas. Había agotado buena parte de su vida antes de que él la descubriera tal como era: la mujer capaz de aceptarlo y darle plenitud. Lydia lo había aceptado y le había dado plenitud. Y seguiría a su lado, pero a su ritmo y a su manera. Él tenía que dominarse y acompasarse a ella.