El arco iris

El arco iris

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Brangwen quería dar a Lydia todo su amor, toda su pasión, toda su energía esencial. Pero no podía ser. Necesitaba encontrar otras cosas que no fueran ella, en las que centrar su vida. Lydia estaba muy unida a su hijo, impenetrable. Y Brangwen tenía celos del niño.

Pero él la quería, y el tiempo terminó por dar cierto rumbo a la complicada corriente de la vida, a fin de que ni se estancara ni se desbordara, causando sufrimiento. Así, Brangwen convirtió a Anna en el centro de su amor. Poco a poco, una parte de su corriente vital se desvió hacia la niña, aliviando el caudal principal que confluía con su mujer. Además, él buscaba la compañía de otros hombres, y de vez en cuando bebía en exceso.

Después de que naciera el niño, Anna dejó de manifestar aquella ansiedad por su madre. Ver a la madre con el recién nacido, encantada, serena y segura, causó al principio cierta confusión en ella, después se fue indignando por momentos, hasta que su vida encontró su propio eje y dejó de esforzarse y descoyuntarse para sostener a su madre. Se volvió más infantil, más normal, se descargó de preocupaciones que no era capaz de comprender. La carga de la madre, la satisfacción de la madre, se habían desplazado de lugar y ya no eran responsabilidad suya. La niña se liberó progresivamente y se convirtió en una personita independiente, despistada y cariñosa, instalada en su propio centro.


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