El arco iris

El arco iris

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Por propio impulso, pasó a querer a Brangwen más que a nadie, o a quererlo de una manera más evidente. Lo cierto es que ambos habían construido una pequeña vida en común, compartían actividad. A Brangwen le divertía, por las noches, enseñar a la niña a contar, o decirle las letras. Recordaba para ella todas las rimas y canciones infantiles que dormían olvidadas en algún rincón de su memoria.

Al principio, a Anna le parecían tonterías. Pero él se reía y ella se reía, y con el tiempo terminaron por hacerle muchísima gracia. Creía que el rey Cole era Brangwen, que Tilly era Mother Hubbard, y su madre la vieja que vivía en un zapato. Disfrutaba de lo lindo con estas tonterías, le causaban un verdadero frenesí de placer, después de los años que había pasado escuchando los tristes cuentos populares que le contaba su madre, cuentos que llenaban su ánimo de inquietud y perplejidad.

Compartía con su padre una suerte de desasosiego, una enorme despreocupación elegida que se deleitaba en lo ridículo. A él le encantaba que la niña levantara la voz, que gritara y que su risa sonara desafiante. El niño tenía la piel oscura y el pelo oscuro, como su madre, y los ojos de color avellana. Brangwen lo llamaba mirlo.


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