El arco iris

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En lugar de responder, Braithwaite lanzó un grito de alegría, pues el trofeo consistía en lograr que la niña imitara el habla dialectal.

Anna tenía un enemigo, un hombre al que llamaban Nut-Nat o Nat-Nut, corto de alcances, con los pies torcidos hacia dentro, que parecía arrastrarse y sacudía los hombros cada vez que daba un paso. El pobre diablo vendía nueces en los bares donde lo conocían. Le faltaba el paladar, y todo el mundo se reía de cómo hablaba.

La primera vez que pasó por el George, Anna, con los ojos muy abiertos, después de que Nut-Nat se hubiera marchado, preguntó:

–¿Por qué hace eso al andar?

–No puede evitarlo, cariño. Él es así.

Se quedó pensativa y al momento se le escapó una risita nerviosa. Después, pensándolo mejor, se sonrojó y exclamó:

–Es un hombre horrible.

–No, no es horrible. No puede evitarlo, por más que lo intente.

Pero, cuando el pobre Nat aparecía de nuevo, con su peculiar balanceo, Anna se escabullía. Tampoco se comía las nueces que le compraban los hombres. Y, cuando los ganaderos se jugaban las nueces al dominó, la niña se enfadaba.

–Son nueces de un hombre sucio –protestaba.


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