El arco iris
El arco iris Y se encontró con una casita preciosa, en la ladera de una colina muy empinada, justo encima del pueblo amontonado en el fondo de la cuenca, camino de las antiguas canteras, al otro lado del valle. La señora Forbes estaba en el jardín. Era una mujer alta, de pelo blanco. Se acercó por el sendero, quitándose los guantes de jardinería y dejando las podaderas. Era otoño. Llevaba un sombrero de ala ancha.
Brangwen se puso como la grana, y no sabía qué decir.
–Se me ha ocurrido pasar a saludar –dijo–, sabiendo que es usted amiga de mi hermano. Tenía que venir a Wirksworth.
Ella reconoció al instante que Tom era un Brangwen.
–¿Quiere usted pasar? Mi padre está descansando.
Lo llevó a una sala, abarrotada de libros, con un piano y un atril para el violín. Y conversaron, ella con sencillez y naturalidad. Era una mujer que irradiaba dignidad. Brangwen nunca había estado en una pieza como aquélla, y su ambiente abierto y espacioso le recordó la cima de una montaña.
–¿Le gusta leer a mi hermano? –preguntó.
–Algunas cosas. Ha leído a Herbert Spencer. Y también hemos leído a veces a Browning.