El arco iris

El arco iris

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Brangwen no cabía en sí de admiración, de una admiración profunda, emocionante, casi reverencial. Miró a la viuda con ojos vivos cuando ésta dijo: «Hemos leído». Y por fin, buscando con la mirada, acertó a decir:

–No sabía que nuestro Alfred tuviera estas inclinaciones.

–Es un hombre muy poco corriente.

Tom Brangwen miró a la señora Forbes con asombro. Era evidente que ella tenía una idea inédita de su hermano, era evidente que lo apreciaba. Volvió a mirarla. Aparentaba alrededor de cuarenta años y era una mujer franca, algo dura, extraña y singular. Tom no estaba enamorado de ella. Había algo escalofriante en aquella mujer. Sin embargo, sentía una admiración sin límites.

A la hora del té, Brangwen conoció al padre de la viuda, un inválido al que había que ayudar a desplazarse, aunque de aspecto lozano y bien parecido, con el pelo blanco como la nieve, los ojos azules como el agua y una actitud distinguida, ingenua, que también era nueva y desconocida para Brangwen: tan suave, tan alegre, tan inocente.

¡Su hermano era el amante de aquella mujer! Todo era increíble. Brangwen volvió a casa despreciándose por su vida mediocre. Era un patán, zafio, lerdo, estaba atascado en el fango. Deseó más que nunca escalar los muros de aquel mundo refinado e ideal.


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