El arco iris
El arco iris Tom disfrutaba de una buena posición. Ganaba casi tanto como Alfred, que en conjunto seguramente no superaba las seiscientas libras anuales. Él ingresaba alrededor de cuatrocientas, pero podía ganar más. Sus inversiones mejoraban de día en día. ¿Por qué no hacía algo? Su mujer también era una señora.
Pero, cuando volvió a la granja Marsh, comprendió que todo estaba perfectamente establecido, que ese otro modo de vida se encontraba fuera de su alcance y, por primera vez, lamentó su éxito con la granja. Se sentía prisionero, instalado en una vida segura, simple y rutinaria. Habría podido arriesgar y llegar más lejos. No era capaz de leer a Browning ni a Herbert Spencer y no tenía acceso a un salón como el de la señora Forbes. Esa otra vida se encontraba fuera de su alcance.
Después se dijo que no deseaba esa otra vida. El entusiasmo de la visita se fue atenuando. Al día siguiente volvía a ser el mismo de siempre y, cuando pensaba en la viuda, veía en ella y en su casa algo que le disgustaba, algo frío, algo extraño, como si la señora Forbes no fuera una mujer, sino un ser inhumano que consumía vida humana con propósitos fríos y aniquiladores.