El arco iris

El arco iris

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Esa noche jugó con Anna y después se sentó con su mujer. Lydia estaba cosiendo. Tom estaba muy callado, fumando, alterado. Era consciente de la figura tranquila de su mujer, con la cabeza tranquila y oscura inclinada sobre su labor. Había demasiada tranquilidad para él. Demasiada paz. Quería hacer pedazos las paredes y dejar que entrase la noche, para que Lydia dejara de estar allí en su sitio, tan segura y tan serena. Quería que el ambiente no fuera tan asfixiante, tan cargado. Su mujer estaba muy lejos de él, encerrada en su propio mundo, serena, segura, inadvertida, ajena. Se sentía paralizado por ella.

Brangwen se levantó para salir. No podía seguir sentado un minuto más. Necesitaba salir de aquel hechizo femenino opresivo y paralizante.

Lydia levantó la cabeza y lo miró.

–¿Vas a salir? –preguntó.

Brangwen bajó la mirada y se encontró con los ojos de su mujer. Eran más oscuros que la oscuridad y ofrecían un espacio más profundo. Sentía que se alejaba de ella, a la defensiva, pero Lydia lo seguía y lo encontraba.

–Voy a subir un rato a Cossethay –dijo.

Lydia seguía observándolo.

–¿Por qué te vas? –preguntó.

Brangwen notó que se le aceleraba el pulso, y se sentó, despacio.


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