El arco iris
El arco iris –Tú tampoco haces nada para que te quiera… ¿Lo sabes?
Hubo un silencio. Eran dos desconocidos.
–¿Te gustarÃa tener otra mujer? –preguntó ella.
Brangwen se quedó boquiabierto, no sabÃa dónde estaba. ¿Cómo podÃa ella, su mujer, decir algo asÃ? Pero ahà la tenÃa, pequeña, desconocida y aislada. De repente, Brangwen cayó en la cuenta de que Lydia no se consideraba su mujer, al margen de que asà lo hubieran acordado. No tenÃa la sensación de haberse casado con él. De todos modos, estaba dispuesta a consentir que él pudiera querer a otra. Una brecha, un vacÃo, se abrió a sus pies.
–No –contestó, despacio–. ¿A qué otra mujer voy a querer?
–Como tu hermano –dijo Lydia.
Brangwen se quedó callado unos momentos, avergonzado también.
–¿Qué pasa con ella? No me gustó esa mujer.
–SÃ, te gustó –insistió Lydia.
Brangwen miró a su mujer, maravillado de que pudiera decirle con tanta crueldad lo que él guardaba en su corazón. Estaba indignado. ¿Con qué derecho le decÃa estas cosas? Era su mujer, ¿con qué derecho le hablaba de ese modo, como si fuera un desconocido?
–No me gustó. No quiero a ninguna mujer.