El arco iris
El arco iris –SÃ, te gustarÃa ser como Alfred.
Brangwen guardó silencio, enfadado y frustrado. Estaba atónito. Le habÃa hablado a Lydia de su visita a Wirksworth, pero muy por encima, sin ningún interés, o eso creÃa.
Lydia, con el rostro extraño y velado vuelto hacia él, lo observaba con aire inescrutable, moldeándolo. Brangwen empezaba a rebelarse. Lydia volvÃa a ser lo desconocido que le hacÃa frente activamente. ¿DebÃa permitÃrselo? Se resistÃa involuntariamente.
–¿Por qué quieres encontrar una mujer que sea para ti más que yo? –dijo Lydia.
Una tormenta se desató en el pecho de Brangwen.
–No quiero –dijo.
–Claro que quieres –repitió ella–. ¿Por qué lo niegas?
De pronto, como un fogonazo, Brangwen comprendió que Lydia tal vez se sintiera sola, aislada, insegura. Siempre habÃa tenido la sensación de que ella lo excluÃa, plenamente segura, satisfecha, absoluta. ¿Le faltaba algo?
–¿Por qué no estás satisfecho conmigo?… Yo no estoy satisfecha contigo. Paul se acercaba a mà y me tomaba como un hombre. Tú me dejas sola, o te me acercas como al ganado, deprisa, para olvidarme otra vez… Para poder olvidarme otra vez.