El arco iris
El arco iris Por unos momentos, Brangwen no se movió. Después se incorporó, despacio, y pasó por delante de la chimenea. Tuvo que hacer un esfuerzo de voluntad casi mortal, o de consentimiento. Se detuvo delante de ella y la miró fijamente. La expresión de su mujer volvía a ser luminosa, sus ojos brillaban de nuevo como una carcajada sobrecogedora. Sobrecogía a Brangwen esta capacidad de Lydia para transfigurarse. No era capaz de mirarla, le ardía el corazón.
–¡Mi amor! –dijo Lydia.
Y lo abrazó, tal como lo tenía ahora, de pie, delante de ella, le rodeó los muslos con los brazos y lo estrechó contra su pecho. Y las manos de Lydia parecieron revelar a Brangwen el molde de su propia desnudez, se sintió intensamente deseable. No soportaba mirarla.