El arco iris

El arco iris

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–¡Cariño! –dijo ella. Brangwen vio que le hablaba en otro idioma. El temor era como un éxtasis para su corazón. Bajó los ojos. Lydia estaba resplandeciente, sus ojos rebosantes de luz, aterradora. Brangwen sufría, consciente de la coacción que su mujer ejercía sobre él. Lydia era el terror a lo desconocido. Se inclinó, sufriendo, incapaz de dejarse llevar, incapaz de permitírselo, pero arrastrado, impulsado. Ella se había transfigurado, estaba maravillosa, inalcanzable. Él quería acercarse. Pero ni siquiera era capaz de besarla. Era él mismo, un ser aparte. Lo más fácil habría sido besarle los pies. Sin embargo, se avergonzaba de la escena, sería una humillación. Lydia esperaba que él fuera hasta ella; no que se inclinara como un siervo. Quería su participación activa, no su sumisión.

Lo tocó con los dedos. Y fue para él una tortura verse obligado a entregarse activamente a ella, ser parte de ella, verse obligado a recibir a ese otro ser que era distinto de él, para abarcarlo y conocerlo. Había algo que le impedía rendirse a ella, que se resistía a relajarse ante ella, que se oponía a fundirse con ella, aun cuando lo deseara más que nada. Tenía miedo, quería salvarse.



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