El arco iris

El arco iris

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Hubo unos momentos de quietud. Luego, poco a poco, la tensión, la resistencia de Brangwen se atenuó, y se dejó llevar hacia su mujer. Lydia estaba muy lejos, era lo inalcanzable. Pero Brangwen soltó sus amarras, cedió y conoció la fuerza subterránea del deseo de encontrarse con ella, de estar con ella, de fundirse con ella, de perderse para encontrarla, de encontrarse en ella. Empezó a aproximarse, a acercarse.

Latían en su sangre oleadas de deseo. Quería llegar a ella, encontrarla. Ella estaba ahí, si es que él era capaz de alcanzarla. La realidad de aquella presencia lejana lo absorbía completamente. Ciego y destrozado, siguió avanzando, acercándose poco a poco, para recibir su propia consumación, para ser recibido en la oscuridad que lo devoraría y le revelaría a sí mismo. Si de verdad lograba adentrarse en el núcleo abrasador de la oscuridad, si de verdad podía ser destruido, arder hasta consumirse y prender en su consumación, sería sublime, sublime.






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