El arco iris
El arco iris Estar juntos en este momento, al cabo de dos años de matrimonio, fue para ambos mucho más maravilloso de lo que lo había sido nunca. Fue la entrada en un nuevo círculo de la existencia, fue el bautismo a una vida nueva, fue la confirmación absoluta. Se adentraron por un extraño terreno de conocimiento, la revelación iluminaba sus pasos. Dondequiera que fueran, bien estaba: el mundo resonaba a su alrededor, revelándose. Seguían su camino despreocupados y contentos. Todo se perdía y todo se encontraba. Descubrían un mundo nuevo, a la espera de ser explorado.
Habían cruzado el umbral de un espacio más amplio, rebosante de movimiento, no exento de límites, restricciones y esfuerzo, pero también de libertad absoluta. Lydia era el umbral de Brangwen, y Brangwen el de Lydia. Por fin habían abierto las puertas de par en par, el uno para el otro, y se habían detenido en el umbral, frente a frente, iluminadas intensamente sus facciones por una cascada de luz a sus espaldas, en una experiencia de transfiguración, de ensalzamiento, de iniciación.
Y, en todo momento, la luz de la transfiguración ardía en sus corazones. Él siguió su camino, como antes, y ella el suyo: para el resto del mundo no se produjo ningún cambio aparente. Ellos, sin embargo, quedaron eternamente fascinados por esta transfiguración.