El arco iris

El arco iris

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Tenía dos hermanos, Tom, de pelo oscuro, pequeño y volátil, al que se sentía íntimamente unida, pero con quien jamás se mezclaba, y Fred, rubio y responsable, al que adoraba, pero al que no consideraba un ser independiente y verdadero. Anna era el centro de su propio universo, tanto que apenas se fijaba en nada más.

La primera persona que la impresionó como un ser vivo y auténtico, al que respetaba por tener una existencia concreta, fue el barón Skrebensky, amigo de su madre. Era como Lydia un exiliado polaco que se ordenó sacerdote y había recibido del señor Gladstone un modesto beneficio eclesiástico en Yorkshire.

Cuando Anna tenía alrededor de diez años, fue con su madre a pasar unos días en casa del barón. Skrebensky era muy infeliz en su vicaría de ladrillo rojo. Regentaba una parroquia rural y recibía unos emolumentos de algo más de doscientas libras anuales, pero tenía a su cargo una parroquia muy extensa que abarcaba diversas poblaciones mineras, y sus feligreses eran gente recién llegada, tosca y pagana. El barón llegó al norte de Inglaterra esperando respeto de la gente común, porque era un aristócrata. Y allí lo recibieron con aspereza, casi con crueldad. Sin embargo, él nunca llegó a entenderlo. Seguía siendo un fogoso aristócrata. Y, así, tuvo que aprender a evitar a sus feligreses.


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