El arco iris
El arco iris Anna estaba muy impresionada por el barón. Era un hombre menudo, de facciones duras y bastante arrugadas, con los ojos azules, muy hundidos y brillantes. Su mujer era alta y delgada, de noble ascendencia polaca, con un orgullo desmesurado. Skrebensky seguía hablando un inglés muy torpe, porque vivía muy unido a su mujer y, como se sentían abandonados en este país inhóspito y extraño, entre ellos siempre hablaban en polaco. Al barón le disgustaba la naturalidad y la soltura con que Lydia Brangwen hablaba en inglés, y aún más le disgustaba que su hija no hablara polaco.
A Anna le encantaba observarlo. Le gustaba la vicaría grande, nueva y laberíntica, desolada y austera, en su colina. Le parecía un lugar desprotegido, imponente y lóbrego, en comparación con la granja Marsh. Skrebensky hablaba sin parar, en polaco, con la señora Brangwen; gesticulaba enardecidamente con las manos, sus ojos azules brillaban como el fuego. Y Anna detectaba un significado especial en sus ademanes vivos y exaltados. Algo dentro de ella respondía a la extravagancia y la exuberancia del barón. Le parecía un ser maravilloso. Se mostraba cohibida con él, le gustaba que se dirigiese a ella. A su lado tenía una sensación de libertad.