El arco iris

El arco iris

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–¿Por qué no invitas a casa a alguna de tus amigas? –le decía su padre.

–No quiero que vengan –protestaba ella.

–Y ¿por qué no?

–Son de oropel –dijo, empleando una de las raras expresiones de su madre.

–De oropel o de oro. Son unas chicas muy simpáticas.

Pero Anna no daba su brazo a torcer. Se acobardaba de un modo extraño ante la gente normal y corriente, y sobre todo ante las señoritas de su tiempo. Se sentía incómoda en compañía de la gente, y no la quería. Nunca sabía si la culpa era suya o de los demás. En cierto modo respetaba a estas personas, y la continua desilusión la volvía loca. Quería respetarlas. Aun así, pensaba que había gente maravillosa, a la que no conocía. Sin embargo, con las personas conocidas se sentía siempre limitada, maniatada por pequeñas falsedades que la sacaban de sus casillas. Prefería quedarse en casa y evitar al resto del mundo, como si fuera ilusorio.

Y es que, en la granja Marsh, la vida tenía efectivamente una libertad y una amplitud especiales. Allí no existía ninguna preocupación por el dinero, prioridades mezquinas o interés por lo que pensaran los demás, pues tanto Brangwen como su mujer eran insensibles a los juicios que pudieran venir de fuera. Vivían completamente aislados.


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