El arco iris
El arco iris En la escuela, o en el mundo, normalmente se sentía culpable, normalmente se sentía obligada a escabullirse, avergonzada. Nunca estaba segura, en su fuero interno, de si era ella quien se equivocaba o eran los demás. No hacía sus deberes: bueno, no veía ninguna razón para hacerlos cuando no le apetecía. ¿Acaso había alguna razón oculta por la que tuviera que hacerlos forzosamente? ¿Eran aquellas personas, las profesoras, representantes de algún derecho místico, de algún Bien Supremo? Por lo visto, ellas pensaban que sí. Pero Anna por nada del mundo llegaba a entender que una mujer pudiera intimidarla o insultarla por no aprenderse de memoria treinta líneas de Como gustéis. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía saberlas o no saberlas? Nada podía convencer a Anna de que esto tuviera la más mínima importancia. Interiormente, despreciaba el burdo espíritu de sacrificio de las profesoras. Así, siempre estaba enemistada con la autoridad. De tanto oírlo, casi llegó a convencerse de que era mala, intrínsecamente inferior. Y, cuando hacía lo que se esperaba de ella, siempre tenía que escabullirse, avergonzada. Se rebeló. Nunca llegó a creer sinceramente que fuese mala. En lo más hondo de su alma, despreciaba a los demás, porque se quejaban y se escandalizaban de cualquier nimiedad. Los despreciaba y quería vengarse de ellos. Los odiaba si tenían poder sobre ella.