El arco iris

El arco iris

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Al estilo de su familia, Tom Brangwen se convirtió en un hombre robusto y atractivo. Sus ojos azules irradiaban luz, centelleantes y sensibles, y sus modales eran enérgicos, aunque cordiales y cálidos. Sus vecinos lo respetaban porque era capaz de vivir su vida sin preocuparse de los demás. Habrían salido corriendo para hacer cualquier cosa por él. Brangwen no les tenía demasiada consideración, pero era generoso, y ellos se aprovechaban de su buena voluntad. A pesar de que le gustaba la gente, siempre se quedaba en segundo plano.

La señora Brangwen seguía viviendo a su manera, con sus propios recursos. Tenía a su marido, a sus dos hijos y a Anna, que marcaban su horizonte como estacas. Los demás estaban fuera. Dentro de su propio mundo, su vida transcurría como un sueño para Lydia, todo se deslizaba, y ella vivía inmersa en esta cadencia, activa y siempre satisfecha, concentrada. Apenas reparaba en el mundo exterior. Lo que estaba fuera estaba fuera, no existía. Le traía sin cuidado que sus hijos se pelearan, siempre y cuando no lo hicieran en su presencia. Pero, si los veía pelear, se enfadaba mucho, y los chicos la temían. La traía sin cuidado que rompieran la ventanilla de un vagón de tren o vendieran sus relojes para divertirse en la Feria de los Gansos. Brangwen a veces se enfadaba por estas cosas. Para la madre eran insignificantes.


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