El arco iris

El arco iris

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Eran detalles curiosos los que ofendían a Lydia. Montaba en cólera si los chicos merodeaban por el matadero, se disgustaba cuando venían con malas notas del colegio. No tenía importancia de cuántos pecados se acusara a sus hijos, con tal de que no fueran seres estúpidos o inferiores. Si veía que se dejaban insultar, los despreciaba. Y únicamente cierta gaucherie, cierta torpeza en Anna, exasperaba a su madre. Ciertas formas de torpeza, de vulgaridad, prendían en los ojos de Lydia Brangwen una rabia peculiar. Por lo demás estaba contenta, indiferente.

En la persecución de su espléndido ideal femenino, Anna se convirtió en una altiva señorita de dieciséis años, atormentada por los defectos de su familia. Era muy sensible con su padre. Si notaba que había bebido, aunque a Brangwen la bebida apenas le afectaba, no podía tolerarlo. Se ponía colorado cuando bebía, se le hinchaban las venas de las sienes, había en sus ojos un centelleo de caballero galante y pendenciero, se volvía jovialmente autoritario y burlón. Y Anna se ponía como una furia. Cuando oía sus burlas, enérgicas, rugientes, escandalosas, se llenaba de rencor. Recriminaba a su padre en cuanto lo veía entrar por la puerta.

–Vaya pinta tienes, todo colorado –gritaba.

–Peor sería si estuviera verde –decía él.

–Emborrachándote en Ilkeston.

–Y ¿qué tiene de malo Il’son?


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