El arco iris

El arco iris

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Al final, Anna se quedó débil, agotada y profundamente abatida. Un abatimiento vacío y estremecedor se apoderó de ella. No soportaba la presencia de los demás. Puso un gesto muy altivo. Ya no prestaba atención a su primo.

Cuando llegó el momento de la colecta, con el último himno, su primo volvió a cantar con voz sonora. Y a Anna le hizo gracia. A pesar del vergonzoso espectáculo que había dado, seguía haciéndole gracia. Lo escuchaba, divertida, como hechizada. Le pusieron la bolsa delante, y su moneda de seis peniques se perdió entre los pliegues del guante. En su precipitación por atraparla, la moneda cayó al suelo, rebotó con un tintineo y terminó en el banco siguiente. A Anna se le escapó una risita. No podía evitarlo. Y se rió sin tapujos, de una manera escandalosa.

–¿De qué te reías, Anna? –le preguntó Fred cuando salieron de la iglesia.

–Ah, no podía aguantarme –dijo, con su despreocupación característica, medio burlona–. No sé por qué, la manera de cantar del primo Will me ha dado risa.

–¿Por qué te ha dado risa mi manera de cantar? –preguntó Will.

–Cantabas a pleno pulmón.

No se miraron, pero los dos volvieron a reírse, y los dos se sonrojaron.


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