El arco iris

El arco iris

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Su padre se fija en el tobillo y el pie fino apoyado en el escalón: un pie de niña. Se le encoge el corazón de ternura. Pero Anna está en éxtasis consigo misma, consciente del maravilloso espectáculo que ofrece. Hace el trayecto radiante de dicha, porque todo es maravilloso. Contempla su ramo con interés: rosas blancas y lirios del valle, nardos y culantrillos… Suntuosos, como una cascada.

Brangwen, desconcertado ante tanta extrañeza, con el corazón encogido de emoción, era incapaz de pensar en nada.

Ya habían decorado la iglesia para la Navidad, oscura, con ramas de acebo, fría, nevada con flores blancas. Brangwen hizo el recorrido hasta el altar distraído. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que él se casó? No estaba seguro de si iba a casarse en este momento, de por qué estaba allí. Lo asaltaba la vaga e inquieta impresión de que tenía que hacer algo. Vio el sombrero de su mujer y le extrañó que no estuviera a su lado.

Se detuvieron delante del altar. Brangwen posó la mirada en la vidriera oriental, que refulgía intensamente, con un brillo púrpura azulado: había un resplandor azul intenso, con una nota de color carmesí, y florecillas amarillas, entrelazadas en guirnaldas de sombra, en una densa telaraña de oscuridad. Todo ardía, resplandeciente, en su negra telaraña.


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