El arco iris
El arco iris Tom iba al lado de su hermano Alfred. Los tacones de los hombres resonaban en la tierra.
–Hace una noche muy bonita –dijo Tom.
–Sà –asintió Alfred.
–Se está muy bien fuera.
–SÃ.
Los hermanos iban juntos, unidos por el sólido vÃnculo de la sangre. Tom siempre se sentÃa el menor al lado de Alfred.
–Hace mucho tiempo que te fuiste de casa –dijo.
–Sà –respondió Alfred–. CreÃa que me estaba volviendo viejo, pero no. Son las cosas que uno tiene las que se gastan, no uno.
–¿Por qué? ¿Qué es lo que se ha gastado?
–La mayorÃa de la gente con la que me relaciono… que se relaciona conmigo. Todos se rinden. Uno tiene que seguir adelante solo, aunque vaya camino de la perdición. No se encuentra con nadie en el camino, ni siquiera en ése.
Tom Brangwen sopesó las palabras de su hermano.
–Puede que tú nunca te hayas rendido –dijo.
–No, nunca –respondió Alfred, con orgullo.
Y Tom tuvo la sensación de que su hermano mayor lo despreciaba un poco. Estaba dolido.