El arco iris

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–Cada cual tiene su propio camino –dijo, con obstinación–. Solo un perro no lo tiene. Y los que no son capaces de tomar lo que dan y dar lo que toman, ésos tienen que ir por su cuenta, o buscar un perro que los acompañe.

–No necesitan un perro –contestó su hermano.

Y, una vez más, Tom Brangwen se sintió un don nadie, pensó que su hermano era superior. Bueno, si lo era, pues lo era. Y, si era más elegante andar por la vida solo, pues lo era: él no quería, a pesar de todo.

Atravesaron el campo, donde un viento suave y cortante envolvía el pie del monte, a la luz de las estrellas. Llegaron a los escalones de la cerca de piedra y al costado de la casa de Anna. Las luces estaban apagadas, y solamente en los postigos de las habitaciones de la planta principal y en un dormitorio del piso de arriba parpadeaba el resplandor del fuego.

–Mejor los dejamos en paz –dijo Alfred.

–No, no –dijo Tom–. Vamos a cantarles un villancico, por última vez.

Y, en cuestión de un cuarto de hora, once hombres en silencio y bastante achispados saltaron la cerca y entraron en el jardín, por la parte de los tejos, para acercarse a las ventanas con los postigos iluminados por el leve resplandor del fuego. Un sonido estridente de dos violines y un flautín rasgó el aire helado.


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