El arco iris

El arco iris

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Cuando terminó de desayunar, Anna se limpió la boca apresuradamente con el pañuelo, satisfecha y feliz, y volvió a acomodarse en las almohadas, con los dedos en el pelo de Will, extraño como el pelaje de un animal.

Empezaba a caer la tarde, y la luz, solo a medias viva, se volvía lívida. Will escondió la cara en el pecho de Anna.

–No me gusta el atardecer –dijo.

–A mí me encanta –contestó ella.

Will escondió la cara en el pecho de Anna, que era cálido como la luz del sol. Parecía que encerrara en su pecho la luz del sol. El latido de su corazón era para Will como la luz del sol. Había dentro de Anna un día más real que el propio día: tan cálido, estable y reconfortante. Escondió la cara en el pecho de Anna mientras caía el crepúsculo y ella, tendida, miraba por la ventana con aquellos ojos oscuros e invisibles, como si deambulara en el vacío, libre de ataduras. El vacío le ofrecía espacio y libertad.

Para Will, concentrado en los latidos del corazón de Anna, todo era muy apacible, muy cálido y muy cercano, como la pleamar a mediodía. Se alegraba de sentir este mediodía cálido y pleno. Le hacía madurar y al mismo tiempo se llevaba su responsabilidad, parte de su conciencia.


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