El arco iris
El arco iris Pero no es que no notara cierta insatisfacción. Cuando su marido se exaltaba pensando en las iglesias, Anna se volvía hostil con su Iglesia concreta, la odiaba por no satisfacer ninguna de sus aspiraciones. La Iglesia le decía que fuera buena: muy bien, ella no tenía intención de contradecir sus dictados. La Iglesia le hablaba de su alma, y del bienestar de la humanidad, como si la salvación de su alma residiera en la ejecución de determinados actos que generaban bienestar para la humanidad. Muy bien, ella lo escuchaba todo y estaba segura de que era verdad. La salvación de su alma residía en su contribución al bienestar de la humanidad. Estupendo: así tenía que ser.
Sin embargo, ese día ocupó su lugar en la iglesia con gesto conmovido y patético. ¿Era eso lo que había venido a escuchar: cómo, si hacía tal o cual cosa, salvaría su alma? No refutaba nada. Pero su expresión de padecimiento desvelaba la falsedad. Anna quería oír otra cosa, era otra cosa lo que le pedía a la Iglesia.
Ahora bien, ¿quién era ella para exigir nada? Y ¿qué estaba haciendo con sus deseos insatisfechos? Se avergonzó. Pasó por alto y olvidó en la medida de lo posible sus anhelos más íntimos. La enfurecían. Quería ser como los demás, decentes y satisfechos.