El arco iris
El arco iris Will la sacaba de quicio más que nunca. La iglesia ejercÃa sobre su marido una atracción irresistible. Escuchaba el sermón, esa parte del servicio que para Anna era la Iglesia, sin más atención que un ángel o una bestia fabulosa. Lisa y llanamente, Will hacÃa caso omiso del sermón o del significado del servicio. HabÃa en él algo denso, oscuro, viscoso, poderoso, que a ella la exasperaba hasta un punto que no podÃa expresar. Las enseñanzas de la Iglesia en sà mismas nada significaban para Will. «Y perdona nuestras deudas asà como nosotros perdonamos a nuestros deudores…» eran palabras que, sencillamente, a él no lo alcanzaban. TenÃan para él el efecto de un ruido cualquiera. Will no querÃa entender las cosas. Y, cuando estaba en la iglesia, le traÃan sin cuidado tanto sus deudas como las deudas del prójimo. Esta preocupación, Will la dejaba para los dÃas laborables. Cuando estaba en la iglesia se olvidaba de su vida cotidiana. Eso era cosa de los dÃas laborables. En cuanto al bienestar de la humanidad, sencillamente no era consciente de su existencia: aparte de los dÃas laborables, cuando en general se mostraba amable con los demás. En la iglesia, Will buscaba una emoción oscura y sin nombre, la emoción de los grandes misterios de la pasión.